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Gourmet: El Peruanísimo Pisco

En 1553, Don Francisco de Caravantes trajo
al Perú las primeras cepas de vid de tipo Albilla, procedentes de las
Islas Canarias, que se plantaron en las afueras de Lima con buenos
resultados, y también en pueblos de la Sierra, pero las cepas prendieron
mucho mejor en los valles del sur, especialmente en Ica, Moquegua y
Tacna. Los españoles trajeron luego uva Moscatel, Quebranta, Mollar y
Negra, que también se aclimataban mejor en nuestros climas soleados, y
en 1560, Don Pedro Cazalla, oriundo de Llerena, produjo el primer vino
hecho en el Perú en su hacienda de Marcahuasi, a escasas 9 leguas del
Cuzco, tal como lo anota el cronista Garcilaso de la Vega, y es posible
que por aquellas mismas fechas se destilase el primer aguardiente de
uva, en base a sus mostos fermentados.

Lo cierto es que a partir del s. XVII el
Perú se convierte en gran exportador de vino y aguardiente de uva para
toda el área hispanoamericana, desde Nueva Granada hasta Chile, América
Central y México. En 1630, el Perú exporta cerca de 20 millones de
litros de aguardiente de uva, sólo desde los puertos de Pisco y Nazca, y
por aquellas fechas se producen en el Valle de Ica 150,000 botijas de
vino de 70 litros cada una, o sea unos 10 millones de litros al año.

A fines del s. XVIII las leyes borbónicas
desarticulan el mercado interno hispanoamericano en vías de formación, y
el Perú deja de exportar vinos y aguardientes al continente; por otro
lado los desórdenes de las guerras de la Independencia y el caos que
sigue a la guerra con Chile producen una gran merma en la producción
vitivinícola. Pero es la plaga de la filoxera que se presenta en
Moquegua hacia 1888 y se extiende luego por todo el país, la que le dará
el puntillazo final a esta industria otrora floreciente. De las 36,000
hectáreas sembradas de vid durante la Colonia, apenas si quedan 9,000 en
nuestros días. Se estima que unas 500 bodegas producen otras tantas
marcas de Pisco procedente de los departamentos de Ica, Moquegua y
Tacna, y aunque la producción actual, apenas superior al millón de
litros, es apenas la décima parte de lo que fue en tiempos del
Virreynato, aunque la extraordinaria calidad de este tradicional
destilado nacional lo hace cada vez más apreciado por los conocedores,
quienes lo prefieren al industrial pisco chileno, o al singani
boliviano.
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